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miércoles, 15 de enero de 2014

Las chicas pagan los platos rotos



Hace más de 15 años tuve una sensación muy extraña. Era mi primer día en un colegio nuevo, y, de pronto, en mitad del recreo, miré a mi alrededor y me agobié al darme cuenta de que sólo había niñas. Niñas paseando del brazo, niñas jugando a la comba, niñas sentadas en un rincón fumando a escondidas.

Niñas. Sólo niñas.
El pasado viernes estuve cenando en el penúltimo restaurante moda. A eso de la una de la mañana (el doble turno, ya saben) levanté la vista y recordé aquella sensación al ver que en el restaurante sólo había niñas (niñas ya creciditas, de 25 a 40 años). Niñas acabándose un brownie, niñas tomando GTs, niñas alargando el momento de que les trajeran la cuenta.
Niñas. Sólo niñas.

Al igual que los restaurantes de menú, de estudiantes, o familiares están bien asentados y definidos en nuestro imaginario colectivo, los restaurantes "de chicas" son una nueva categoría que se ha hecho un hueco dentro del panorama hostelero. Si la Guía Metrópoli no ha incluido una sección es por ahorrarse la avalancha de insultos por sexismo, pero ser necesario, lo es.

¿Cuáles son los atributos de un restaurante de chicas? En los restaurantes de menú triunfan las tragaperras y los torreznos, los estudiantes piden bravas baratas y pantallas grandes para ver el fútbol, los padres de familia buscan globitos, pinturas y tronas. ¿Qué buscan las chicas?

Si hace unos años se llevaba el plástico blanco o las camas balinesas (por etiquetar generosamente a cualquier colchoneta), ahora lo divino es la cochambre. Y lo de "cochambre"  lo decimos a coro mi amigo Diógenes y yo. Hasta nosotros dos tenemos un límite.
Se puede tolerar el exceso de decapante, el enésimo baño con azulejo metro, las cocas que saben a pizza del Dr. Oetker y que, a eso de las doce y media, tu conversación tenga que luchar contra un chunda-chunda atronador (hay formas más sutiles de hacer notar al comensal que en el garito también se ponen copas, en serio). Pero lo que ya hace pensar que las chicas que vamos a estos sitios (voluntariamente y pagando) somos tontas, o nos lo hacemos, es tragar literalmente con esto, y que nos parezca ideal:



Romper un plato a propósito para después comer en él, no es de ser moderno, ni retro, ni vintage, es de ser un soplagaitas. Le guste a mucha niña mona (y toda sola) o no.
Señores inspectores de sanidad de la Comunidad de Madrid: si la legislación obliga a que las cocinas tengan las esquinas redondeadas y las encimeras sean pulidas, si los cocineros no pueden usar joyas ni mascar chicle, es de cajón que un plato roto, donde las babas del prójimo y sus circunstancias (o sea, la mierda) se acumulan en la porosidad de la loza, es un peligro potencial para nuestra salud. Háganlo por nuestra higiene física y nos llevaremos de premio la higiene mental.
Eternamente agradecida.