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lunes, 15 de diciembre de 2014

Diciembre

Me he saltado dos meses. Aquí no ha pasado nada.

Diciembre es un mes. Hasta aquí todos de acuerdo. Es el último mes del año. Seguimos coincidiendo. El mes empieza bien : el puente de la Constitución y la Inmaculada. Creo que seguimos todos contentos. Pero cuando llega la mitad del mes la humanidad se divide, sin exagerar, entre amantes y detractores de la Navidad. No me pienso decantar pero voy a comentar un par de cosas.





Los adornos navideños en las calles se ponen pronto por diversos motivos, en mi humilde opinión: para fomentar el consumo (a este país le interesa que el dinero se mueva, las cosas como son) y porque ya que se invierte un dineral en ellos, que duren, digo yo. Luego están los adornos de vuestras casas, que deberían ponerse, siguiendo la tradición, desde Santa Lucía (13 de diciembre) hasta la Candelaria (2 de febrero). Lo de dejar todo el tinglado hasta febrero puede parecer excesivo, pero también lo es que desde mediados de noviembre la modernez esté enseñando el p*** calendario de adviento. (La p con tres asteriscos viene sustituyendo a puto.) Que parece que si no tenéis un calendario de adviento, DIY a poder ser, no sois ni personas. ¡Venga ya! Podría entrar a la cantidad de adornos que suponen un claro riesgo de incendio, tropiezo accidental o desorientación, pero llevo tiempo sin escribir por aquí y me falta paciencia. Que no falte un cascanueces en vuestra decoración navideña (guiño).  







Otro tema muy de comentado en estas fechas es la comida. Porque si algo obligatorio hay que hacer en Navidad es comer como un cochino y moverse lo justo para seguir comiendo en otra casa o zona de la misma. Es posible que posts cuentacalorías como el de mi archienemiga, la afamada Boticaria García,  os echen atrás, pero ¿qué sería de los gimnasios sin la cuota de inscripción de enero? 




Acabo ya con el mejor de los temas: los regalos. Regalar es maravilloso y que te regalen debería serlo también (o en su defecto llevar tíquet regalo). Tiempo atrás era incapaz de devolver un regalo, pero la vida y los malos regalos te curten. 



Y con esto y un bizcocho, os dejo, mis queridos lectores de culto. Os recomiendo un película para los momentos ociosos en los que, entre comilona y comilona, os apetezca palomitas. No descubro nada a nadie si os hablo de Tootsie. Lo sé. Pero el otro día me crucé con ella en la televisión y no me pude resistir a ella. Es maravillosa. 





martes, 18 de marzo de 2014

Cada uno lo suyo


En cuanto pasa Carnaval, me pongo a pensar en Semana Santa. Es un hecho. Así como en Navidad más o menos todos tenemos hábitos y obligaciones similares, en Semana Santa es todo más irregular. Están los que huyen a un destino remoto, los que la viven en sus ciudades o pueblos con la más absoluta devoción, los que no salen porque son cuatro días y un largo etcétera.

Preciosa ilustración de Ortiz Berrocal

Para mí Semana Santa es barbacoa. Tal cual y sin despeinarme lo digo. Para mí es barbacoa de mi padre. Hay para los que hacer barbacoa es algo habitual porque tienen casa molona, pero yo vivo en un piso y hacerla en la terraza me parece cutre. Me siento fascinada por pegarme un atracón a comer mientras mi padre, sacrificado, lo hace todo al  fuego. Y digo sacrificado porque el encargado de mantener las llamas suele ser el que peor lo pasa, las cosas como son.




He investigado (llamaré así a echar un vistazo a lo que cuenta internet) y he visto que tiene diferentes orígenes, todos americanos, de la América la de Colón. El que más me ha convencido es el origen taíno, de la zona que ahora ocupan La República Dominicana y Haití. Era una manera de asar la carne sobre un conjunto de palos puestos sobre un hueco.

Ahora hay barbacoas de lo más bonitas y estilosas. Os pongo algunos modelos repreciosos para que os animéis a usar una en vuestras terrazas y así me parecerá menos cutre y me animaré.



Debo reconocer que hay otro factor que hace que adore esta peculiar y deliciosa manera de cocinar. Canción sorpresa con joyas como: "¡Qué ricos los chorizos parrilleros!" y "Qué bueno es este vino de garrafa".  Me vais a querer mucho porque os vais a pasar el día con la canción en la cabeza.  




Nota: Semana Santa también es mona de chocolate (pronto en sus pantallas) y torrijas de las que hace la madre de mi amiga MJ que están de chuparse los dedos. 

viernes, 17 de enero de 2014

Hasta San Antón, Pascuas son


Para celebrar el 17 de enero yo había preparado una hagiografía bastante completa sobre San Antón, pero Senyoreta Irene, que parece más de dulce que de salado, me sugiere que vaya directamente a los postres y me salte la parte del cochinillo.

Os resumo que Antón Abad era un rico egipcio que lo dejó todo y se echó al monte, en modo asceta. La gente lo quería mucho pero él pasaba bastante de vivir en comunidad ya que tenía una particular visión del "ojos que no ven, corazón que no siente":

 El que permanece en la soledad se libera de tres géneros de lucha: la del oído, la de la palabra, y la de la vista. No le queda más que un sólo combate: el del corazón.

Y tenía más razón que un santo (con perdón del chiste fácil), pero así yo también juego.



¿De dónde viene el gorrino de San Antón?

Hay varias hipótesis pero mi favorita es que San Antón curó a unos jabatos de la ceguera y desde entonces, la madre jabalina se convirtió en la defensora del santo frente a otras bestias. El cuento de Peppa Pig del sigo IV.

La fiesta

Entre las múltiples tradiciones asociadas a la festividad de San Antón, ha destacado siempre la de la subasta o sorteo de un gorrino. Antiguamente, en muchas localidades se soltaba en las calles un gorrino el día de San Antonio de Padua (en junio) que era engordado generosamente por todos los vecinos y se sacrificaba el día de San Antonio Abad.


 Aunque hoy en día sólo andan por las calles y con correa los cerdos vietnamitas (me temo que más por esnobismo que por devoción) sigue manteniéndose en algunos pueblos la tradición del sorteo de un cerdo. En otros lugares, en la rifa se ha sustituido el marrano de forma prosaica por un televisor o una bicicleta. Lo importante es el fondo, no las formas.

En Madrid son típicos los panecillos de San Antón. Se trata de un pan basto, elaborado con poca humedad, que puede conservarse varios meses y hace alusión al pan que comía San Antón en el desierto durante sus épocas de ayuno.

En mi tierra se tomaron alguna licencia, y reinterpretaron los ayunos del santo en un dulce típico llamado Caballo de San Antón. Lejos de la aspereza de los panecillos madrileños, su sabor se asemeja al de los bollos suizos, y su característica principal es que tiene forma de caballo (o de lazo, según mi familia política, júzguenlo ustedes). El Caballo de San Antón es muy apreciado por los lugareños, tanto que durante las fiestas patronales de agosto se elabora en las panaderías alguna tirada fuera de temporada para satisfacer la nostalgia de aquellos emigrantes que vuelven de veraneo. Viene a ser algo así como comer turrón en agosto, pero ya digo, lo importante es el fondo, no las formas.

Foto cortesía de mi señora madre. Al caballo sólo le falta relinchar.