No he investigado mucho (ni poco) sobre el tema,
pero me temo que correr es el deporte más viejo del mundo. Tampoco hay
que investigar demasiado para averiguar por qué triunfa. Correr tiene el
secreto Deliplús: es tan barato y tan accesible, que aunque haya
alternativas más chulas nos hemos autoconvencido de que no hay nada
mejor. Porque, siendo serios, todo ese rollo de las endorfinas y la
felicidad es como lo de la Santísima Trinidad, un dogma de fe para los
no practicantes.
La gente corre huyendo de quién sabe de qué y, a ser posible, en manada. Hoy en día una fiesta no se considera santificada si no es cortando el tráfico de la Castellana por una carrera popular con pretexto solidario y elevado. Es un hecho contrastado que, cuanto más elevado es el fin, más fea suele ser la camiseta oficial.
La gente corre huyendo de quién sabe de qué y, a ser posible, en manada. Hoy en día una fiesta no se considera santificada si no es cortando el tráfico de la Castellana por una carrera popular con pretexto solidario y elevado. Es un hecho contrastado que, cuanto más elevado es el fin, más fea suele ser la camiseta oficial.
Uno juega al pádel y luego se va de
cañas, uno juega al fútbol y luego se va de copas, uno se va a correr y
luego se vuelve a casa por donde ha venido, solo ¡y corriendo!. Correr es el deporte de la triple A: asocial, aburrido y agotador. Y para colmo es extremadamente peligroso: rara es la cena de Nochebuena que no cuenta con un familiar
que corre. Sí, ése pariente serio y enjuto, que está como una raspa, se moja los labios con el vino, rechaza educadamente el postre y se
acuesta con las gallinas.
Runners de hoy, joggers del ayer, a lo Perlita de Huelva os digo "precaución, amigo corredor, la senda es peligrosa".
Sí, por muchos gadgets que os abrochéis con velcro flúor en las cuatro
extremidades para medir vuestras más inverosímiles constantes vitales,
la senda es peligrosa. Y yo desconfío.

