En cuanto pasa Carnaval, me pongo a pensar en Semana Santa.
Es un hecho. Así como en Navidad más o menos todos tenemos hábitos y
obligaciones similares, en Semana Santa es todo más irregular. Están los que
huyen a un destino remoto, los que la viven en sus ciudades o pueblos con la
más absoluta devoción, los que no salen porque son cuatro días y un largo etcétera.
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| Preciosa ilustración de Ortiz Berrocal |
Para mí Semana Santa es barbacoa. Tal cual y sin despeinarme
lo digo. Para mí es barbacoa de mi padre. Hay para los que hacer barbacoa es
algo habitual porque tienen casa molona, pero yo vivo en un piso y hacerla en la terraza me parece cutre. Me siento fascinada por pegarme un
atracón a comer mientras mi padre, sacrificado, lo hace todo al fuego. Y digo sacrificado porque el encargado
de mantener las llamas suele ser el que peor lo pasa, las cosas como son.
He investigado (llamaré así a echar un vistazo a lo que
cuenta internet) y he visto que tiene diferentes orígenes, todos americanos, de
la América la de Colón. El que más me ha convencido es el origen taíno, de la
zona que ahora ocupan La República Dominicana y Haití. Era una manera de asar
la carne sobre un conjunto de palos puestos sobre un hueco.
Ahora hay barbacoas de lo más bonitas y estilosas. Os pongo
algunos modelos repreciosos para que os animéis a usar una en vuestras terrazas
y así me parecerá menos cutre y me animaré.
Debo reconocer que hay otro factor que hace que adore esta
peculiar y deliciosa manera de cocinar. Canción sorpresa con joyas como: "¡Qué ricos los chorizos parrilleros!" y "Qué bueno es este vino de garrafa". Me vais a
querer mucho porque os vais a pasar el día con la canción en la cabeza.
Nota: Semana Santa también es mona de chocolate (pronto en sus
pantallas) y torrijas de las que hace la madre de mi amiga MJ que están
de chuparse los dedos.




